Espíritu de consenso

Estos días se habla de construir un gran acuerdo nacional, social y económico, similar al que tuvo lugar en 1977 impulsado por el gobierno de la UCD y que pasó a la posteridad con el nombre de “Pactos de la Moncloa”.

Sin duda, la crisis provocada por el COVID-19 exige mucha altura de miras a políticos, representantes de la sociedad civil y a la ciudadanía en general, no solo para afrontar las graves consecuencias sanitarias y sociales que está provocando, sino también para prevenir futuras catástrofes epidémicas, y de otros tipos, que son una amenaza cierta y probable bajo las condiciones que está generando el calentamiento global.

Las sociedades debemos afrontar una seria reflexión acerca de dónde venimos y a dónde vamos pero, sobre todo, debemos consensuar la dirección en la que queremos avanzar.

Estamos viendo a gobiernos y líderes de opinión que, con mayor o menor habilidad y éxito, se aprestan pese a todo al objetivo de salvar el máximo de vidas, intentando no dejar a nadie atrás; otros, en cambio, se muestran ambiguos y sugieren con su actitud que tienen asumida la tesis de que es “inevitable” que muera quien no sea capaz de salir adelante con sus propios medios.

En España, afortunadamente estamos aún dentro del primer paradigma. Pero no conviene echar las campanas al vuelo porque las cosas podrían cambiar, sobre todo si la clase política y los representantes sociales y económicos no demuestran pronto capacidad de acuerdo para hacer frente a las subsiguientes etapas de la crisis sanitaria y a la gravísima recesión económica que se nos viene encima.

Es imprescindible que se alcancen acuerdos en los que se conjuguen protección social, dinamización económica, fortalecimiento del Estado y de la sociedad civil, transformación digital, respuesta medioambiental, modernización educativa y libertades públicas. Los acuerdos generales y concretos son necesarios, como también lo es el clima de concertación que se logre instaurar en la sociedad gracias a ellos.

Las profundas transformaciones a las que debemos abocarnos necesitarán mucha capacidad de diálogo constructivo, negociación colaborativa y acuerdo sostenible; no sólo en las más altas cúpulas políticas, empresariales y sindicales, sino en el día a día de muchas organizaciones (empresas, ayuntamientos, escuelas y universidades…).

En particular, la transformación digital no implica sólo sustituir máquinas y programas sino acometer la reestructuración completa de organizaciones y modelos de actividad, para lo cual se necesita mucha capacidad de comunicación, integrando a la gente como sujetos activos de los procesos.

El espíritu de consenso debería atravesar e implicar al conjunto de la sociedad para que los cambios beneficien a todos y sean posibles y duraderos.

F. Javier Malagón

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