Escenarios alternativos

Anta la incertidumbre que está provocando la actual crisis del coronavirus las organizaciones deben prepararse para escenarios alternativos a corto, medio y largo plazo. No es sencillo, pero es muy conveniente para sobreponerse a las circunstancias.

Los gestores de administraciones públicas, empresas, ONGs y entidades de diverso tipo estamos muy ocupados haciendo frente a lo inmediato de la mejor manera posible. Sin embargo, cuanto antes se afronte la tarea de imaginar distintos escenarios de futuro con mayor facilidad podremos estar preparados para afrontarlos.

Para ello son claves la imaginación, fundamentada en el análisis racional de los datos y la anticipación, evitando caer en el sesgo “bola de cristal”, es decir, manteniendo abiertas distintas posibilidades.

El gobierno de España a través de sus portavoces ha dejado entrever que tiene equipos trabajando en los escenarios alternativos a los que puede conducirnos la pandemia. Desconozco en qué términos pueden estar haciéndolo, pero creo que, grosso modo, pueden suponerse tres escenarios básicos:

– Escenario “optimista” (¿lo que la mayoría deseamos?): la pandemia remite significativamente; la sociedad recupera progresivamente su pulso de actividad normal y se remonta con relativo éxito el deterioro que han sufrido la economía y el empleo. Las adaptaciones y cambios como consecuencia de la experiencia vivida logran acometerse en un clima de relativa estabilidad económica, política y social a medio y largo plazo.

– Escenario “pesimista” (¿lo que la mayoría tememos?): se producen rebrotes de la pandemia que vuelven a poner en jaque al conjunto de la sociedad y colapsa sus instituciones; la crisis sanitaria se complica en extremo con una crisis económica, política y social sin precedentes desde la 2ª Guerra Mundial; cunden el pánico, la desesperación y el conflicto hasta el punto de romper la convivencia democrática y desestructurar gravemente al país.

– Escenario “intermedio” (¿lo que la mayoría esperamos?): la crisis sanitaria se extiende en el tiempo obligando a implantar a medio plazo medidas que restringen la movilidad y las actividades; la crisis económica se agrava, si bien en un clima de frágil consenso político logran adoptarse medidas de rescate social y reactivación de las empresas que atemperan la situación pero que son insuficientes; se producen adaptaciones en la manera de funcionar de las instituciones y de la sociedad en su conjunto, pero las reformas tardan en llegar y crecen las tensiones políticas, sociales y territoriales.

Entre estos escenarios podrían situarse otros de transición, con oscilaciones inciertas en todos los sentidos a lo largo del tiempo.

Tener a la vista una hipótesis de escenarios es el primer paso. Después hay que imaginar:

a) cómo reorganizar los procesos, actividades y recursos que ya existen, de manera que aumenten sus márgenes de adaptabilidad a distintas circunstancias (¿cómo seguiríamos adelante con lo que tenemos si sucede tal situación?); y

b) qué nuevos procesos, actividades y recursos se necesitan para afrontar cada escenario (¿qué necesitamos que no tenemos ahora si sucede tal situación?)

Como es lógico, cualquier gobierno tiene que gestionar prudentemente su comunicación pública para no asustar a la población. Lo peor que se puede hacer es transmitir a la gente que los problemas escapan a su control, aunque esto pueda estar sucediendo en alguna medida. No es un problema sólo de honestidad sino también de responsabilidad, porque cuando el miedo y la conducta desordenada se apoderan de millones de personas los problemas se complican exponencialmente.

Pero esto no debería ser óbice para que las organizaciones políticas, económicas y sociales, y los propios individuos y nuestras familias, reflexionemos sobre cómo afrontar con lucidez los distintos escenarios a los que puede conducir esta crisis. Instalarnos en una idea fija de cómo van a ser las cosas, sea más positiva o negativa según nuestras preferencias, no nos va a ayudar. Improvisar conforme a lo que vaya llegando, tampoco.

F. Javier Malagón

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Espíritu de consenso

Estos días se habla de construir un gran acuerdo nacional, social y económico, similar al que tuvo lugar en 1977 impulsado por el gobierno de la UCD y que pasó a la posteridad con el nombre de “Pactos de la Moncloa”.

Sin duda, la crisis provocada por el COVID-19 exige mucha altura de miras a políticos, representantes de la sociedad civil y a la ciudadanía en general, no solo para afrontar las graves consecuencias sanitarias y sociales que está provocando, sino también para prevenir futuras catástrofes epidémicas, y de otros tipos, que son una amenaza cierta y probable bajo las condiciones que está generando el calentamiento global.

Las sociedades debemos afrontar una seria reflexión acerca de dónde venimos y a dónde vamos pero, sobre todo, debemos consensuar la dirección en la que queremos avanzar.

Estamos viendo a gobiernos y líderes de opinión que, con mayor o menor habilidad y éxito, se aprestan pese a todo al objetivo de salvar el máximo de vidas, intentando no dejar a nadie atrás; otros, en cambio, se muestran ambiguos y sugieren con su actitud que tienen asumida la tesis de que es “inevitable” que muera quien no sea capaz de salir adelante con sus propios medios.

En España, afortunadamente estamos aún dentro del primer paradigma. Pero no conviene echar las campanas al vuelo porque las cosas podrían cambiar, sobre todo si la clase política y los representantes sociales y económicos no demuestran pronto capacidad de acuerdo para hacer frente a las subsiguientes etapas de la crisis sanitaria y a la gravísima recesión económica que se nos viene encima.

Es imprescindible que se alcancen acuerdos en los que se conjuguen protección social, dinamización económica, fortalecimiento del Estado y de la sociedad civil, transformación digital, respuesta medioambiental, modernización educativa y libertades públicas. Los acuerdos generales y concretos son necesarios, como también lo es el clima de concertación que se logre instaurar en la sociedad gracias a ellos.

Las profundas transformaciones a las que debemos abocarnos necesitarán mucha capacidad de diálogo constructivo, negociación colaborativa y acuerdo sostenible; no sólo en las más altas cúpulas políticas, empresariales y sindicales, sino en el día a día de muchas organizaciones (empresas, ayuntamientos, escuelas y universidades…).

En particular, la transformación digital no implica sólo sustituir máquinas y programas sino acometer la reestructuración completa de organizaciones y modelos de actividad, para lo cual se necesita mucha capacidad de comunicación, integrando a la gente como sujetos activos de los procesos.

El espíritu de consenso debería atravesar e implicar al conjunto de la sociedad para que los cambios beneficien a todos y sean posibles y duraderos.

F. Javier Malagón

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Impulso hacia el mañana

La crisis global provocada por el COVID-19 está provocando que el proceso de transformación digital de las sociedades experimente un nuevo impulso ¿Inesperado? en parte sí porque a la mayoría de los gobiernos y sociedades civiles les ha pillado desprevenidos. Pero en parte no, porque la comunidad científica e instituciones internacionales ya venían advirtiendo desde hace tiempo que esto podía suceder.

Gobiernos y comunidad científica están aplicado estrategias de Big Data e Inteligencia Artificial para frenar la pandemia. Organizaciones de todo tipo (administraciones públicas, empresas, universidades y centros educativos, ONG…) y la población en general estamos haciendo un uso intensivo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) para teletrabajar, comunicarnos con otras personas y proveernos de información debido a las medidas de distanciamiento social.

Son muchas las conclusiones y aprendizajes que pueden extraerse de esta crisis. Señalo aquí tres bastante obvias:

1) ninguna sociedad está totalmente libre de epidemias catastróficas;

2) para afrontar riesgos presentes y futuros la sociedad debe avanzar rápidamente en su modernización tecno-científica aplicada a todo tipo de organizaciones y actividades; y

3) los objetivos fundamentales a resolver en circunstancias de este tipo son: a) salvar vidas humanas y proteger a la población, tanto a nivel sanitario como social, b) garantizar la gobernanza y el funcionamiento eficaz de las instituciones del Estado, c) fortalecer el espíritu de resistencia, la disciplina y la colaboración de la ciudadanía y d) mantener la actividad económica.

2020 quedará registrado en los libros de historia como el año que marcó un cambio de época en muchos aspectos, ocupando el factor tecnológico un lugar central en la reorganización completa de países y sociedades en el marco de la Cuarta Revolución Industrial.

Muchas cosas van a cambiar. Algunas, muy importantes, es posible que a mejor, si se implementan políticas de rescate y protección social de amplio alcance, se fortalecen los servicios públicos, se impulsan respuestas al cambio climático y se dinamizan y diversifican las economías nacionales.

Pero habrá otras que pueden continuar empeorando, incluso con mayor rapidez, sobre todo si la polarización política no se corrige, las desigualdades sociales siguen creciendo, la movilidad social y geográfica se restringe y, en aras de la seguridad, se erosionan los derechos y las libertades democráticas.

Más que nunca en los últimos cuarenta años, es fundamental que entre todos decidamos qué tipo de sociedad queremos ser, no en un horizonte utópico o de largo plazo, sino mañana, porque el mañana ya es hoy.

F. Javier Malagón

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Referencia para citas:

Malagón, F.J., 2020. “Impulso hacia el mañana”. [Blog] F. Javier Malagón, Disponible en: <https://fjaviermalagon.com/2020/04/05/impulso-hacia-el-manana/> [Último acceso: …/…/…]